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En 1833 una minoría liberal,
deslumbrada por las ideas de la Revolución Francesa, consigue el
control del ejército y la administración en España. Al morir el
rey Fernando VII se consuma la usurpación y el heredero
legítimo, Carlos V, encabeza la sublevación popular.
El pueblo español se negaba a
aceptar por las buenas la imposición injusta de medidas
revolucionarias y extranjeras. El carlismo, como movimiento
político tradicionalista, aglutinó a quienes sí veían necesaria
una renovación, pero sin romper con la Tradición de las Españas.
La fuerza del carlismo nacía de
unir, en torno al rey legítimo, un ideario que se resume en el
lema DIOS, PATRIA- FUEROS y REY. Los carlistas sabían que el
triunfo de la revolución liberal iba a suponer:
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La secularización de la vida política.
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Los abusos del capitalismo y el individualismo liberal.
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La venta de España a los intereses extranjeros.
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El centralismo.
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La usurpación dinástica.
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La militarización de la política.
Por eso, al principio, el carlismo
fue un movimiento de carácter defensivo. Se quería defender para
renovar. |